La lectora profesional

FUEGO CAMINA CONMIGO: “Arde vida pasada”

Título: “El Maestro y Margarita”
Autor: Mijail Bulgakov
Editorial: Nevsky. Traducción: Marta Rebón
Páginas: 521
Año de edición: Original en ruso 1966. Esta edición: 2014.

El diablo sabrá por qué he llegado tan tarde a leer este clásico inmenso. Durante años, lxs lectorxs lo pedían en la librería donde trabajaba y mi idea era que se trataba de una historia de amor decimonónica, al estilo de “Primer amor” de Turguéniev, y aunque tuviera un interés literario, sin duda, no me atraía en absoluto.

Pero, aunque una de las líneas narrativas es el amor entre el Maestro y Margarita, para nada agota la apertura de este texto que tanto costó publicar. Pues Bulgákov escribía en la época del dictador Stalin, sometido cada escritor al control y al miedo, se encontraban “bajo la bota”.

¿Cómo temen los poderes no legitimados más que con el miedo y el terror la capacidad de descubrir y registrar la realidad y la complejidad de la verdad que tienen lxs escritorxs? ¿Cómo necesitan de ellxs que presten su pluma y su mirada para celebrar las supuestas virtudes de su régimen autoritario?

Ya digo que -como buen clásico- las capas narrativas y las posibles lecturas son inmensas. Para no extenderme, escribiré solo sobre lo que me ha perturbado más. Satán (Woland) aparece en Moscú, con un séquito de demonios y bruja, con una crueldad trágica y tierna de manera simultánea (ese gato negro con el que me he reído a mandíbula batiente) y acompañan el final del proceso creativo del Maestro, que escribió su obra sobre Poncio Pilatos y la pasión de Cristo.

Los paralelismos entre la vida de Bulgákov y la del Maestro son llamativos. Así queda registrada la “tarea del escritor”: “Alguien liberaba al maestro, del mismo modo que él acababa de liberar al héroe que creó” (p.493). Bulgákov vivió una vida miserable de escritor, perseguido y en lucha permanente con el régimen, incluso cuando le nombraron director del Teatro Nacional. Pero nunca dejó de escribir. El diablo sabrá qué le motivaba a seguir por este camino demoledor.

Como el maestro, vivía en el miedo, y quemaría -intentando destruir lo invencible- el manuscrito (la copia que mecanografió la KGB de su diario es la que lo ha conservado en la historia de la literatura). Y sería la función de su tercera mujer y de Margarita en el texto que nos ocupa, la de salvadora de su obra. La protectora que se sacrifica y lo acompaña en ese viaje hacia la nada que es la conclusión de un proyecto de vida, expresado en una novela.

Pero no nos pongamos tan gafas!! (aunque el texto se lo merezca, y de hecho, no se puedan comprender muchos guiños si no fuera por las anotaciones de la edición, y sin conocer el panorama literario y político de la época en que fue escrito (1929), primeros años de la dictadura de Stalin).

La lectura es tan ligera y ágil, con ese tono teatral, esa emoción de desconcierto hilarante presente en cada hazaña de los diablos, en el manicomio, en las operetas que forman en el teatro Variedades, en lo grotesco de un funcionariado irrisorio, digo es tan accesible, que cabe una lectura ociosa y divertida, rocambolesca imaginando las travesuras de Satán en el Moscú mal llamado “socialista”.

Pero es que es precisamente ese enfrentamiento entre lo liberador de la existencia de las fuerzas del mal, lo que invita a creer en las fuerzas del bien, es decir, en Jesús, en sus discípulos (o esclavos) como Mateo Leví y en Dios, en definitiva. Pues como afirma Bulgakov como narrador en la página 451: “cuando algo no se sabe, no se sabe y basta, y nosotros no lo sabemos”.

¿Cómo iba a escribir esta magistral crítica del panorama literario y político de estos años si no era desde la fantasía y la ficción? ¿Qué mejor crítica de la cobardía imperdonable de Poncio Pilatos, que no de su perro- si no exponiéndolo en sus miserables decisiones? ¿A quién si no a Stalin representa el procurador?

Por último, los pasajes demoledores de la extinción de los nombres y de la memoria de aquellxs que quisieron construir su identidad desde la crítica y el diálogo con la realidad, los leemos de un modo aniquilador, cuando el maestro reconoce que ya “no podía corregir nada en su vida (…) solo olvidar” (p. 106), incluso su propio nombre, convirtiéndose desde su anonimato en la denuncia concreta de lo que les pasaba a tantos escritores.

En fin, si dudaban en leer esta u otra obra, elijan esta, no lo demoren más. Apelo a su atención ahora como Bulgakov en la página 287: “¡Sígueme lector! ¿Quién te ha dicho que en el mundo no existe el amor auténtico, eterno y fiel? (…) ¡Sígueme, lector, y solo a mí, y te mostraré un amor de esta naturaleza”.

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