ATTA. IN MEMORIAM

atta

17 de Agosto de 2016. Hoy hace un año que me levanto y me acuesto cada día buscando razones para vivir. Hoy cumple un año de intentos frustrados por entender el sinsentido de que tú estés muerta y yo viva. Hoy hace un año que te maté.

Durante 13 años, solo nos separamos 19 días por un viaje a las antípodas. 13 años son muchos días. Siempre estuviste ahí. Y el 17 de Agosto de 2015, cuando te abrazaba mientras el veterinario te ponía la inyección  letal, te prometí que contaría tu historia. No me atrevo a decir la nuestra, porque de esta, tú eres la protagonista. Absoluta.

Y eso es lo que empiezo hoy. He necesitado un año de duelo para coger fuerzas y sentarme a escribir. Aún me duele demasiado, pero necesito dejarte ir. Este es el ritual del que me voy a servir para acompañarte en esta despedida final, y no olvidarte. Tú serás la crítica más dura, desde tu punto de vista irán los comentarios de aquellos textos que no puedo rescatar, de los que no tengo nada (o lo suficiente) bueno que decir. De ahí el nombre de la sección, a modo de sentencia: Atta Dixit.

Hoy no comentaré ninguna lectura. Hoy contaré nuestra despedida. Solo el final.

“Está muy débil y blanquita”, dice el vetarinario. Apenas puedo oírle de lo taponados que tengo los oídos y de lo bloqueada que están mandíbulas y diafragma. “Vamos a hacerle un análisis de sangre y vemos cómo está”. Al volver, anuncia una esperanza, pero (siempre hay un pero) hay que mirar la pantalla y probablemente extirpar algún órgano o alguna parte. Intento controlar la respiración: hay una esperanza.

Te tumbamos boca arriba. No ofreces resistencia, pequeña, apenas te quedaban ya fuerzas. Te pasa el instrumento por la tripita y empieza a señalar una pantalla donde yo solo veo franjas grises, azuladas, blancas y más oscuras, que no configuran una imagen comprensible. Por desgracia, él lo ve claro: “metástasis”.

Rompemos a llorar. Nos lo temíamos, llevabas mucho tiempo con bultitos y cansada en los paseos. ¿Qué se puede hacer? “Esperar una muerte natural, que puede tardar un día o una semana, significaría mucho dolor y sufrimiento para ella”. Lo último que quiero en el mundo (JODER) es que sufra mi chica, Atta, mi compañera. Nos invita a salir, hablar, y pensar. La alternativa es volver al día siguiente sin nuestrxs hijxs (de 3 y 1 año). Se plantea una noche de despedida, con su comida favorita, una lata de paté, si aún quiere comerla, y durmiendo juntxs.

Pensamos que no es buena idea. Parece más algo que necesitemos los humanos que una decisión en la que sea prioritario evitar el sufrimiento de la pequeña…tan mayor, ya. Vamos a ponerle la inyección. Al estar tan débil (anemia), no necesita un tranquilizante. Los saberes técnicos de la muerte, de la ejecución. Pasaré yo sola. Mi compañero y los peques, se despiden fuera. Solo el adulto es plenamente consciente de que NUNCA volverá a verla.

Paso con ella y espero a que preparen el quirófano. No puedo dejar de llorar. Las miradas alrededor son de comprensión, piedad y empatía. Saben que es tu final, mi pequeña Atta. Imaginan el día en que llegue el de la mascota a la que acompañan en ese momento, y se compadecen también de sí mismos, de su implacable futuro. Y para contrastar ese ambiente fúnebre, como siempre, tú recuperas tu vitalidad, meneas el rabo y te acercas a mí. Apenas puedes estar sobre las cuatro patas, y sin embargo, pareces intentar animarme en este trance.

DUDO: me estoy equivocando. Mi chica es muy fuerte, seguro que puede recuperarse del cáncer… Ojalá, pienso. Pero no es real. Es mejor que se vaya fuerte, así caminará hacia donde sea sin sufrimiento. No es justo retenerla hasta que muera de dolor.

Nos llaman. Todo es tan demoledor. Las paredes parece que tiemblan. Solo puedo verte a ti. La correa, el collar, y tus orejitas moviéndose alegremente hacia el veterinario, que en tantas otras ocasiones te ha tratado tan bien. Pasamos a una consulta. Me pide que te suba a la mesa. Me explica que hay una opción carísima para que acompañemos la despedida de los restos e incluso una más cara aún para enterrarte. Ni lo pienso. La empresa de la muerte, que no cuente con nosotras. Lo que importa es lo que hemos vivido.

Te quitamos el collar y la correa. Luego me los darán. Aún los tengo. Sale. Solo te abrazo y te digo que has sido lo mejor de mi vida, que te quiero y que contaré tu historia. Entra, cargado con sus armas: inyección y un bote minúsculo. Tanto dolor, tan significativo, tan intenso, tan radicales sus consecuencias…en un bote tan pequeño.

Te lo inyecta. Inmediatamente caes, tus ojos dejan de ver, tu lengua se precipita hacia la mesa de la manera más grotesca imaginable. “Ya está”. Fulminante. Hace un instante estabas viva, ahora ya no. Aún no me lo creo. No es posible que tú estés muerta y yo esté viva. De hecho, ese “yo” murió contigo. El veterinario sale.

Caigo sobre tu cuerpecito. Aún está caliente. Recuerdo el frío de mi abuelo al besarle en la frente y despedirme en el tanatorio. Pero tú aún estás caliente. Eres tan suave y tan bonita. No sé cuánto tiempo pasa. Mis lágrimas inundan tu pelito, que se apelmaza.

Entra el veterinario. Intento recomponerme. Te pone un trozo grande de papel en el culo, sí, al morir, sacamos toda la mierda. No me puedo mover. SI dejo de tocarte, significará definitivamente que ya nunca más estará tu cuerpo, y esa idea no puedo soportarla. “No nos hemos separado en 13 años”, digo en alto. Me comprende. Tengo más tiempo si lo necesito. Pero en su mirada leo, que lo deje ya, que es mejor que salga, que NUNCA estaré preparada para esa despedida.

Me dicen cosas, de firmar papeles, y de coger correa y collar. Que vuelva otro día, que no hay prisa. Que hay que dar de baja el chip. La administración de la muerte. No. Definitivamente, hoy no quiero hacer eso. Ese hoy que fue el 17 de Agosto de 2015, y del que hoy hace un año.

Cuando llegamos a casa, sacamos a “los otros”, el resto de nuestros perritos, que siguen vivos, Kunuk y Toti, que te sobrevivieron, y que no entienden por qué ya no has vuelto. Ellxs siguen con nosotrxs, aún, vivos, y tú, muerta.

Tenía tantas lágrimas que no creía lo que veía, pero sí, lo vimos todxs. La luna estaba roja, como tu pelo, el canela más brillante y sedoso que nunca existirá. Quiero pensar que estabas pasando por delante en tu camino, y que esa fue tu manera de despedirte. Siempre cuidando de los demás. Una superviviente cuyo cuerpo no pudo resistir la degeneración del tiempo.

 

Te quiero. Siempre estarás en mí. Descansa en paz, mi chica.

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